jueves, 28 de mayo de 2009

Acerca de las vanguardias...

Entre la concepción de lo que es en un momento determinado de la historia “nuevo” y “viejo” se establece una relación dialéctica, caracterizada en el siglo XX por la ruptura en tanto modo de articular pasado y presente y armonizarlos para la construcción de cierto paradigma de futuro.

El concepto de “nuevo” vendría de la mano de una re significación de los valores preexistentes. Como buena parte de la vanguardia latinoamericana proclamaba, era necesario un nuevo modo de sensibilidad, una nueva percepción de cara a los objetos antiguos (tradicionales). Este ideal revalorizador se constituía en dos polos: el primero describía una verdad objetiva cambiante a la que la teoría debía adecuarse momento a momento a lo largo de la historia y, por la cual, era necesario definir una nueva perspectiva; el segundo por el cual la nueva percepción creaba a su vez un nuevo objeto. Un nuevo modo de ver, una nueva teoría redefinen necesariamente su objeto por lo que éste cambia radicalmente y se torna, a su vez, novedoso como la sensibilidad que lo acoge.

Lo nuevo es personificado en el siglo XX a nivel estético por los movimientos vanguardistas que Bürger llamó “vanguardias históricas”. La vanguardia a principios del siglo pasado representó el punto de inflexión respecto a la tradición anterior. Buscó romper con la paradoja tradicionalista que, en palabras de Zygmunt Bauman, construía a la vez que condicionaba el pasado. La tradición era entonces el presupuesto de lo que la vanguardia quería establecer como nuevo y el método elegido era la ruptura. Las vanguardias, con su doble caracterización de adelantados elitistas y militantes, surgían de la negación. Su valor era producto de la desvalorización de lo “viejo” entendido como corrupto y vacuo. En tiempos de fuerte agitación revolucionaria, las vanguardias estéticas adoptaban para su trabajo la metodología de la revolución y de la fuerza de choque. No es casual que gran parte de los movimientos de vanguardia artística en Europa se hayan asociado a vanguardias políticas. De hecho, el empleo del mismo término surgido del plano castrense para referirse tanto a política como a estética, sugiere un aproximamiento, especialmente en los planos metodológicos e ideológicos.

La tradición era un constructo hegemonizado que vaciaba las posibilidades de elección de la sociedad que le había dado forma. Sus conceptos se entronizaban en una altura que no daba lugar a refutaciones. Retomo aquí la paradoja de Bauman respecto de la tradición: construye a la vez que condiciona. La tradición surge de un movimiento programático tradicionalista pero, una vez que es alumbrado, se independiza como herencia ineludible y omnipotente. En este caso la tradición produce una fuerte opacidad de la autonomía social. Dicho de otra manera, la misma sociedad opta mediante la tradicionalidad evitar el peso de tomar elecciones como debería hacer si se autonomizara.

Entonces, el dogma de libertad vanguardista buscaba un cambio social que renovara la identidad de los individuos permitiéndoles un mayor alcance electivo. La crisis del modelo tradicional permitió el impulso necesario para que se constituyera su oposición primero teórica y luego de índole pragmática. Esta crisis, en el plano cultural, fue entendida por la vanguardia como el momento en el cual se debía organizar una ruptura sistemática de los cánones estéticos. Primero era necesario derribar lo previo para recién luego construir lo nuevo. Este ideal de destrucción programática vanguardista era inherente tanto a la vanguardia en el arte como en la política. La vanguardia era la fuerza de choque de un grupo selecto, diferencial. Eran, es cierto, movimientos cargados de paradojas que no encontraban respuestas claras pero tampoco era su objetivo a corto plazo la teorización acertada sino que enfocaban sus fuerzas en el ataque contra lo vigente únicamente.

La revolución socialista contaba con una primera etapa en la que una dictadura del proletariado debía gobernar sobre el proletariado para digerir los vestigios del sistema capitalista derrotado y, sobre esta base, liberar a la novísima y libertaria sociedad socialista, libre del peso de las clases dominantes. Pero, si bien proclamaban la libertad socialista como fin, reconocían la necesidad de un primer momento en el que el choque y el autoritarismo sentaran bases nivelando el sistema previo. No se podía pretender que la nueva sociedad surgiera por el simple hecho de demoler la anterior. Lenin y Trotsky tenían esto muy en claro y por esta razón desconfiaban de los movimientos que se erigían como “cultura proletaria” habiendo una distancia temporal demasiado escasa respecto de la toma del poder.

La vanguardia artística, de manera similar, no pretendía dar las bases de un nuevo canon sino que buscaba allanar esas bases mediante la imposición de su “libertad dogmática”. La paradoja que implica una libertad bajo las directivas de los manifiestos se resuelve considerando que el objetivo de su generación no era construir el nuevo arte tanto como si era acabar con el anterior. Su carácter de fuerza negativa así lo demuestra. La vanguardia es un movimiento utópico y evanescente que brilla sólo en el instante en el que explota para luego apagarse y ceder la tarea de construir al futuro siguiente.




By Lord KaNE

lunes, 25 de mayo de 2009

MANIFIESTO PERSONAL Nº1 (de público ausente)

HACER DE LOS SUEÑOS UN MODO DE VIDA.

CREAR UN MUNDO DEL QUE NO VALGA LA PENA VOLVER.

SENTIR CADA FIBRA AGITARSE Y RETORCERSE DE EMOCIÓN.

PENSAR QUE YO SOY EL CAMBIO.

MENTIR PARA DECIR VERDADES.

JURAR QUE VOLVERÉ A HACER "AQUELLO" QUE NO TE GUSTA.

MUTAR EN ASTILLA PERVERSA Y SÁDICA.

ESPOLEAR LOS CABALLOS DE MI LOCURA HASTA QUE YO NO SEA YO.

DESQUICIARME DE INTELECTUALIDAD.

VOMITAR VERDADES.

HACERTE ARDER COMO NUNCA.

MATAR PARA LUEGO RESUCITAR.

REDIMIR PARA CONDENAR.

ESCRIBIR...
PALABRAS
COSAS
GENTE
MUNDO (MI MUNDO)
LO QUE SOY/FUI/SERÉ.





Un nuevo ideal de remoción violenta es la premisa. Ideal que día a día busque sin cansancio el cross a la mandíbula arltiano. Un cross que saque de combate a los espectros que enturbian espíritus. No busco forma, no busco técnica porque de hecho no las poseo. Busco apuñalar la persiana de la emotividad y del instinto. Hacer que con gesto desgarrador, sangres por la herida, lector fortuito. Quebrar cuanta resistencia pueda, esa es la premisa. Ser el lado divertido siempre y en todo lugar porque no hay espectáculo más patético en la vida humana que el representado por un payaso que llora.

Los payasos no lloran. Sé payaso y dejá de llorar. Soy payaso y debo dejar de llorar. No puedo permitir que se me corra la pintura que hará que entre en tu conciencia. La nariz roja de la crítica es mi arma y la cara blanca mi escudo. ¡Payasos del mundo, uníos!







By Lord KaNE
25/05/2009 (día patrio: ¡VIVA LA PATRIA, CARAJO!)

martes, 28 de abril de 2009

GRITOS

Un grito especular de nuestra interioridad. Un grito sordo y altivo como metáfora del sujeto y de su vacuidad. Un grito profanamente sagrado ¿No es acaso liberador? Abrí esa boca pegajosa y grita. Ni palabras ni ideas, grita hasta que la masa sangrienta de tu cuerpo vibre como un diapasón. Grita hasta que te duela, hasta que despiertes, hasta que acabes extasiado. Grita hasta que te sorprenda (y te asuste) lo que salga de vos. Hasta que temas más tu propio rugido callado que la voz enclenque de los que te impugnen. Porque si, es mejor ser demente que estúpido.
Un grito de rebelión y a la vez de obediencia (debida, de vida).
Un grito vocálico sin consonantes que lo atoren en la garganta.
AAAAAAAAAAAAAH! Al viento. Al que lo quiera escuchar y también al que se tape los oídos.
Rebelión, revelación, sorpresa de lo mucho que se dice sin palabras. Como un animal enjaulado, como ese hombre eunuco que se recuerda poderoso, altivo y viril.
Corta el aire, no importa como ni porque. Cortalo hasta que tenga sentido hacerlo. Matarlos a todos con tus alaridos tan combativos como únicos.
Y luego, cuando ya no tengas ni el más apagado hilo de voz disponible, mira a tu alrededor y, ciego, recuerda que gritaste.
En ese momento, lanzate al combate del acero y a la muerte que descarna los huesos.



By Lord KaNE

28/04/2009

domingo, 5 de abril de 2009

Algo

02.58 am. Hacía rato que no escribía nada ni sentía necesidad de hacerlo. Hoy, súbitamente, me encontré con el Word abierto y una mirada perdida escapando por la ventana. Como antaño. Supongo que en cierta manera esto representa un reverdecimiento de aquello que solía tener entre el hígado y los pulmones. O tal vez, sin más ilusión, sea causa de mi insomnio. Sea cual sea el caso, las letras se van apiñando en el blanco y no surgen forzadas, así que espero que al terminar este pequeño viaje algo sea extraído en limpio. Alguna conclusión, moraleja, fábula, lo que cuerno sea. Tan sólo algo. Porque eso necesito: algo. Tan simple. Tan complejo. Tan poco y tanto: algo.

No es la primera vez que trato de definir ese algo. Sin muchos resultados positivos, he de reconocer. Pero trato. Espero que mis esfuerzos en la búsqueda de algo me conduzcan a algún estadio de iluminación interna o aunque sea a una descarga hedonista de autosatisfacción. Tan sólo que algo me dé algo. No es mucho pedir. ¿No es mucho pedir? Sin embargo, algo me ha decepcionado una infinita cantidad de veces y algo se me escapa entre los dedos como arena cada vez que siento que tengo algo. Quiero algo pero a la vez odio algo. ¿Complejo? Puede que si. Aunque yo creo que no, para nada, más bien creo que la simplicidad chorrea de cada poro de ese algo.

Si yo tuviera algo… que extraño. Mis anacolutos nuevamente se alinean esperando algo. Mi irreverencia hacia todo lo que está establecido evoca ese algo lejano. En una época pasada supuse tener todo, pero simplemente me engañaba porque la totalidad era destruida por la búsqueda de ese algo que seguía constantemente implícito en cada rincón. Tuve todo lo que pudiera abarcar con la mirada hasta el horizonte pero lo cambiaba por aquello que estaba a la vuelta de la esquina solamente porque no lo conocía. Después de todo, ¿cómo saber que alguien tiene todo hasta que no tiene nada? Ahora, en blanco, sé que tuve, sé que no tengo, sé que quiero y sé que no quiero. Algo.

Algo que lastima, algo que hace reír, algo que da calor y algo que te enfría hasta sentir dolor en los huesos. Ese señor algo está poniéndose demasiado esquivo. No tiene rostro ni nombre completo: algo es algo. ¿Qué mejor manera de definirlo?

Así y todo lo quiero, lo extraño. Aunque sepa que es ahora irrealizable. Algo implica algo más allá que hará que uno se haga insaciable. Mejor dicho, al asir ese algo, se convierte en una persona, una cosa, una idea, un sentimiento. No es algo. Busco lo indefinible. Busco la búsqueda por buscar. Si se materializa es mundana y todos la tocan y la ven. No es mío. Es público, y sucio. Da asco el toqueteo que sufre. Algo es puro y lejano, lleno de mística y gloria. Algo es fe y creencia de realización. Algo es todo y nada a la vez. Algo es mi nuevo dios.

Después de todo he de creer en algo para no perder lo que queda de alma o espíritu. Si es que queda algo, pero eso es también cuestión de fe. Tengo fe en algo.

Y abrazo esa realidad inasible. Siento que la necesito y que el motor de mis días es su realización. Amo a algo. Lo quiero con todo mí ser. Algo llena mis días y les da sentido. Pero se aleja y no reconozco su cara en cada rostro y seña que observo.

Odio a algo por ser tan lejano. Odio su incapacidad de mirarme de frente y seguir siendo aquello que espero encontrar. Odio que me aburra cada una de sus imitaciones vulgares llenas de populismo barato. Detesto verme defraudado por algo.

Algo me decepciona. Algo me traiciona. Se escapa. No es y es. Me da bronca algo. Trato de buscarlo más todavía y menos parece acercarse. Algo no existe. Crisis existencial por culpa de algo. Brote suicida, la realidad es incapaz de compararse con algo. Corro cabeceando paredes que jamás se caen. Algo las sostiene. Algo está detrás y se esconde. La pared cae y algo se ha cubierto detrás de la siguiente. Me sangra la cabeza y veo todo rojo y distorsionado.

Algo me duele. Adentro, afuera, duele en todas sus variedades humanas. Revienta y quema, golpea y corta. Algo me causa dolor. Algo me causa dolor y pánico. Temo a algo porque me castiga y me hostiga cada segundo.

Algo me hace débil. Me pongo de rodillas adolorido sin creerme capaz de soportar el peso de mi cuerpo. Pero no es hora todavía de rendirse. No he encontrado algo que dé sentido a mi búsqueda.

Por orgullo y honor, algo me levanta de mi suplicio. La frente en alto, el cuerpo avanza. Algo me impulsa y me inmuniza. Soy fuerte nuevamente. Paso a paso me acerco a ese algo fugitivo. ¿Qué más quedaría por hacer? Tanto tiempo ha pasado que es vano encontrar otro objetivo fuera de ese algo ontológico.

Algo me fascina, me devora en sus misterios y me lanza al infinito. Por algo pierdo las ganas de comer y la supervivencia se hace secundaria. Algo me apasiona y hierve mi sangre. Cada día más gris me pongo y cada día más necesito algo. Soy humano, tengo necesidades. Pero solamente de algo. Nada más importa. Todo lo que no sea abarcado por ese algo es olvidado. Explota en pequeñas partículas que se pierden en los recovecos de la memoria rancia que tengo. Olvido mi mortalidad.

Muero por algo. Un día ya estaré demasiado débil como para buscar algo. Seré pasto de buitres. Mis ojos cansados se negarán a abrirse para escrutar otra vez el mundo en busca de algo. En el fin, algo me abandona.

Pero, contra todo lo pensado, puedo ser feliz por algo. Su idea es lo que necesito para que todo el dolor, sufrimiento y pobreza parezcan estupideces tan simples de ignorar y afrontar.

La hora vuela. Los minutos vuelan. Envejezco. Algo que es lejano me dice que debo seguir buscándolo. Aparecerá, lo sé. En algún momento tendrá sentido. En algún momento seré completado por su realidad. Y podré sonreír con razón suspirando por un trabajo bien hecho.

¿Tan difícil es necesitar algo? Yo creo que no… y a la vez, creo que es lo más jodido que nos pasa en la vida.



By Lord KaNE

05/04/2009

jueves, 30 de octubre de 2008

Por la no discriminación del gris

Blanco y negro son verdades absolutas. Pero el gris no es un "matiz": posee el mismo cáracter autónomo y absoluto que tanto el blanco como el negro detentan. Es un segmento más perfectamente delimitado de aquella recta que configura la humanidad y en tanto tal es parte y todo a la vez.

Igual que el blanco... igual que el negro... igual que todos...


Lord KaNE

sábado, 4 de octubre de 2008

Tiempo

El hombre es un conjunto de yuxtaposiciones autorreferenciales. Así como en el lenguaje, su desarrollo es lineal y finito. Del mismo modo que decir o escribir la palabra "vida" implica la sucesión ordenada de los sonidos o grafemas representados como V, I, D y A, la propia vida se significa como una sucesión de marcas, por decirles de alguna manera genérica.

El carácter lineal que corre hacia un punto final es la causa de la obsesión casi absurda por delimitar cada vez más minuciosamente aquello que construimos como el "tiempo". Y es también la causa por la que la noción (definición) de "tiempo" escapa a nosotros al cruzar los límites de ese tiempo-artificio.

Puedo bautizar a la linealidad como gran virtud y cualidad humana. Somos lineales y nos desconcertamos ante la sola idea de ver "los renglones torcidos".

Por eso somos mortales: por nuestra conciencia de línea. ¿Qué es Dios sino la ausencia de tiempo? El concepto de lo eterno es el concepto de lo no-lineal. La perfección divina es la esfera que, desde su centro, es equidistante en cualquier sentido. La mortalidad humana es la sección de una línea dentro de esa esfera.

La predictibilidad de lo recto nos condena entonces irremediablemente. Morimos porque sabemos que vamos a morir y que la línea llega a su fin.

Si somos acaso capaces de desplazar el significado del día de mañana ya seremos desde ese momento capaces de resignificar el total de nuestro tiempo. Tratar de torcer esta línea, tentar al cambio en cada oportunidad es la mejor manera de evadir el final de la línea. Curvar la recta para perseguir el círculo, el cruce de los extremos en donde morir es nacer y viceversa, es nuestra manera de ser dioses.

Seamos, entonces, no convencionales y re-inventemos la humanidad.


By

Lord KaNE

03-10-2008

martes, 16 de septiembre de 2008

Acerca del dinero

Muchas veces me ha tocado contemplar, desde mi modesta posición de oyente que desconoce una enorme (ciertamente, cabría reconocer que es prácticamente toda) parte de la realidad, una tendencia absoluta de la modernidad a tender hacia lo inexistente. En noticieros, diarios, en el boca a boca que en la calle todos los días uno puede recolectar, en cualquier esquina de cualquier ciudad el aire se carga de una pesadez que no tiene anclaje de ningún tipo con la materialidad mundana y las reglas que le son propias.

Encerrándome en mi scriptorium, destinando horas al estudio de la historia, noto con cierta tristeza que vivimos en una época plagada de la idolatría más servil y vana de la que se tiene registro. Y, curiosamente, se continúa llamando “oscurantistas” a aquellos hombres de épocas pasadas que poseían una visión del mundo que no es por cierto más “iluminada” que la que actualmente manejamos. No estoy haciendo apología alguna de ningún tipo de retroceso científico. Mi planteo se enfoca esencialmente en otra dirección – que domina en gran medida, para desgracia de nosotros, simples mortales – diferente a la de la ciencia.

Esta idea se afianzó en mi luego de notar como un titular (no haría falta prácticamente aclarar que desbordante de amarillismo) pregonaba que “el mundo tambaleó” por la caída de un “titán” de la bolsa de Wall Street. ¿No parece esta idea rebosante de misticismo? Estamos casi sin aliento esperando que en cualquier instante descienda el rayo de Zeus para fulminar a ese descarriado Titán. Pero no es así. Lo único que pasó es un desplazamiento en una cartelera de un par de números. Decenas de millares de personas se estremecen simplemente porque una coma se corre dos posiciones. Teman la ira del nuevo dios de la modernidad.

Hambre, suicidios en masa, guerras e invasiones se desatan solamente porque a un matemático loco sus números no le cierran. Brazos fuertes y nobles, así como cabezas agudas destinan años de sus vidas para amontonar una pequeña pila de papeles. La sangre termina valiendo menos que un pequeño e ínfimo valor abstracto. Y la edad media era oscurantista…

Hoy escucho a diario políticas masivas acerca de derechos humanos que deben cumplirse y sobre como todos aquellos que contradigan a esta tiranía de la filantropía arderán en las llamas del averno. Los enjuiciamientos masivos a vetustos ancianos o a pederastas inconfesos llenan el aire. Ni hablar de si son sacerdotes pervertidos, cuanta magnificencia en la hora de la justicia. Defendemos los derechos de los desvalidos. Los defendemos especialmente cuando alguien muere en las puertas de un hospital porque carece de obra social. Cuando el hombre se reduce a un montón de súplicas miserables porque la operación para finalizar su agonía vale más que lo que puede pagar, esa es la filantropía moderna.

Traigo a colación el concepto del Wergert. Es derecho germánico “barbárico”. En breves palabras, se podría definir como el valor que tiene la vida humana en términos de dinero. Esto es, si yo mato a tu hermano, según un código establecido tengo que pagar una determinada cantidad de monedas dependiendo del status social y otros factores. Es absolutamente barbárico. Propio de los germanos y sus ideas retorcidas de honor y venganza. Es más moderno arrastrarse con pancartas en la puerta de tribunales reclamando indemnizaciones (cabe aclarar: dinero). Ya no hay parangón en el pago por las vidas. Y cada vez hay menos muertes por causas que no tengan que ver con este asunto. La máquina de picar carne funciona con monedas. Y las ideologías se prostituyen por un vuelto. Wergert termina siendo la noción de compraventa de esclavos más grande de toda la historia personificada en los días que nos toca vivir.

La parafernalia montada alrededor de la libertad es tan farsante como la abstracción pura sobre la que se sostienen los tesoros nacionales. Todos pagamos las hipotecas que se han puesto sobre nuestras cabezas y solamente tenemos una libertad moderada en tanto no rompamos ese contrato (que nadie nos consultó al momento de signar).

Esto no ha de ser tan negativo, de cualquier modo. Por lo menos se abolieron los títulos nobiliarios y sus privilegios. Si, se abolieron en tanto gradación conferida por la sangre. Ahora es una gradación conferida por el largo del depósito bancario. Prácticamente como sacerdotes dedicados que se ubican en una jerarquía piramidal en torno al dios-dinero que rige este nuevo universo. Vuelvo a la pregunta que surgió en mi mente en un primer momento: ¿ha habido un avance en cuanto a materia humana?

Fausto, en su viaje con Mefistófeles, se detiene en un reino en el que inventa el papel moneda. Goethe hace entender muy claramente la relación entre este dinero y la mentira y la estafa. La firma del emperador en ese carnaval orgiástico en el que estaba ataviado como Pan desencadena un aluvión de papeles que pagan las cuentas y a la soldada. “Oro, joyas y papel” dice Mefistófeles que nunca faltaran en ese reino. Hay un cierto aire de ironía en esas palabras y, cabe destacar, el viejo diablo es el que hizo que se firmen los billetes. La estafa está hecha. El pacto, firmado. Y los tesoros que deberían cubrir los pagos de esas papeletas desaparecidos. ¿O son los tesoros subterráneos que alimentan el infierno?

Un párrafo aparte es menester dedicarlo a las instituciones bancarias. Son los templos en los que se rinde culto. Allí adentro no hay valor alguno y sin embargo son el corazón de la sociedad. Trabajan en base a la devastación de la vida en tratos rebosantes de usura (cuando Shylock dice cobrar dos monedas por cada una que presta es el promedio de los bancos actuales; estamos a pasos de que se cobren en carne y sangre). Y venden sueños que nadie realizará porque no tienen basamento alguno. “Te damos un capital para que luego nos tengas que dar el doble”. ¿Suena a contrato laboral? Mercenarios o esclavos, como prefieran llamarlo…

La nobleza humana se desangra. Cada día que pasa es un nuevo retroceso para nosotros como raza. Podemos ser más inteligentes, más avanzados pero cada día estamos más atados por nosotros mismos. La destrucción masiva del propio mundo donde vivimos se da por algo absolutamente carente de sentido. El empobrecimiento es tan sólo un constructo voluntario de la humanidad que busca mostrar sus heridas lacerantes para continuar la gran farsa en la que todos tenemos nuestra careta preparada. Y hablan de filantropía. Más bien, diría que somos tan misántropos que nos da asco reconocerlo. Y ya no lo somos por hartazgo de la propia raza sino que lo somos por adorar a un ser superior que nació de nuestras entrañas, ese ser que hoy nos tiene esposados e incomunicados. Y me refiero otra vez más al dinero.

domingo, 11 de mayo de 2008

"Cabecita Negra" de Germán Rozenmacher

Cabecita Negra

de Germán Rozenmacher



A Raúl Kruschovsky

El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.
Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro de verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.
Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tes de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía qúejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz -un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que ahora estaba abajo, en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No no podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos donde los desórdenes políticos eran la rutina había estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran "señor". Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era más espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una muier gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden, hacienclo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.
El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso "Para Damas" en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.
­Quiero ir a casa, mamá ­lloraba­. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.
Era un china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.
El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrio, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.
­¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? ­la voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya sintio una mano sobre su hombro.
­A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la via pública.
El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.
­Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.
Entonces se dio cuenta que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.
­Viejo baboso ­dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro v sobrador que tenía adelante­. Hacéte el gil ahora.
El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.
­Vamos. En cana.
El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.
­Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando?­Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.
­Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? ­ dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no lo creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la culpa Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una verguenza inútil.
­Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer­ dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.
De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.
­Señor agente ­le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.
­Venga a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto.­Y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró­. Vivo ahí al lado­gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.
El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.
Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la mañana, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.
­Dame café­dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca, Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuando se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había pedido estudiar violín tenía un hermoso tocadistos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.
Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese hombre. Pero ¿de qué líbros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.
El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que esuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.
­Qué le hiciste­dijo al fin el negro.
­Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de. . .­el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.
­Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa ella se vino a trabajar como muchacha, una chica una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...
El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpear]o, a patear]o en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:
­Este no es, José. ­Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida humillada del otro y vio que se detenía bruscamenté y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fín, sintió que algo tontamente le decía adentro "Por fin se me va este maldito insomnio" y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar todos los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? "Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada", trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. "La chusma", dijo para tranquilizarse, "hay que aplastarlos, aplastarlos", dijo para tranquilizarse. "La fuerza pública", dijo, "tenemos toda la fuerza pública y el ejército", dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.

de "Cabecita Negra", Centro Editor de América Latina, © 1972


En: http://www.literatura.org/Rozenmacher/Cabecita_negra.html


Bien, no suelo subir cosas ajenas, pero esto creo que lo vale. De hecho, en próximos días pienso sacar algún artículo crítico sobre este cuento (que ira en forma de dossier de este mísero blog).


Que lo disfruten.



Lord KaNE


PD: Ah, leanlo en paralelo con Casa Tomada de Julio Cortázar. Se los recomiendo un detractor fuertemente arraigado de la literatura argentina.



Cigarrillo

Casi no tengo recuerdos de aquella época ya pasada. Pero los que conservo son de una intensidad tal que aún hoy logran estremecerme y un frío parecido al del acero me recorre la espina. Puta, que ganas de fumar que me están dando otra vez. Es casi un reflejo el ansia de tabaco que siento ahora. Debería prenderme uno. Después de todo, el daño físico siempre será menor que este insomnio. Vuelve sobre mi cabeza una y otra vez, parece que se niegan a darme tregua. Son los recuerdos. Me corren aquellos que son atroces y huyen de mi esos pequeñuelos que son tiernos y gratos a la memoria. Parezco condenado por alguna especie de sortilegio arcano pero no tengo otro remedio más que descreer de esas supercherías. Soy un escéptico. Un escéptico que bajo ningún punto puede dominar (y mucho menos explicar) esas fuerzas que tejen y destejen las tramas de mi mente.

Ya basta. Tengo que terminar esto. No distingo entre remordimiento, culpa o simple terror. Solamente sé que un gran nudo comienza a cerrarse sobre mi alma y, lentamente, muy lentamente, la ata sin remedio a este mundo. Oh, debería aclarar estas cosas: este mundo no es el tuyo. Es MI mundo. El de esos recuerdos que te dije. Casi puedo leer tu cara que dice “¿qué recuerdos?”. No interesa si te lo preguntas con interés o socarronamente para reírte de mi agonística memoria. Simplemente sé que lo haces. Y por eso, los contaré. Al menos los que puedo recordar o, más importante aún, los que puedo contar.

Cuando era más chico yo fumaba mucho. Me quedan todavía esas ganas inquietas propias del adicto recuperado. Las manos parecen moverse solas y vívidas, como a la espera de ese tan soso ansiolítico. Pero seguí haciéndolo durante muchos años más y durante otros tantos deje sin lograr jamás parar ese impulso. Yo sabía que algo había en el humo que subía y frenéticamente se golpeaba distorsionándose contra el techo o contra lo que sea que se pusiera en su camino. Varias veces traté de encerrar una larga pitada dentro de un vaso y ver como el humo actuaba en cautiverio. Los minutos pasaban y yo me extasiaba en sus danzas siempre irregulares. Tal vez eso explique mis manos…

Salía por la mañana rutinariamente a comprar mis dos atados del día. Con una sonrisa me recibía el kiosquero al tiempo que extendía su mano a la cigarrera para tomar mi predecible pedido. Cuarenta pequeños tubitos de papel llenos de tabaco negro picado. Que carente de magia puede sonar eso para aquel que no lo haya saboreado (o padecido, pero no voy a entrar en dramas médicos ni en giladas por el estilo). Volvía caminando lento, muy lento, las dos cuadras que separaban mi casa del kiosco. Puede sonar curioso pero cada paso era casi tan extático como un cigarrillo en si mismo. Me deleitaba jugueteando con los pequeños paquetitos, pasándolos entre mis dedos. Entraba en mi casa sabiendo que tenía dos horas libres hasta tener que salir para mi trabajo. Esas dos horas eran mis vacaciones reales de cada día. Odiaba mi trabajo. Tal vez por eso lo dejé. El cigarrillo, digo. Es que en la oficina no me dejaban fumar.

Estaba esas dos horas, como iba diciendo, sentado contemplando como la brisa movía las plantas de mi jardín. Ponía la pava con agua a calentar y me cebaba unos mates durante un buen rato. Totalmente en silencio.

Luego chequeaba mi encendedor y reponía su carga de bencina con una especie de cariño fraternal. Abría un paquetito y sacaba un pitillo. Lo miraba largamente y, después de pasarlo un par de veces entre mis dedos, como un gato hace con un ratón, me lo llevaba a la boca y le acercaba el fuego. Casi sin pensarlo, retraía la nuca y miraba hacia el techo, a la espera de que el humo llegara hasta donde mi vista se posaba. Y allí comenzaba la danza azulada a corretear y, creo, una sonrisa se dibujaba en mi cara. Pitaba profusamente siempre en silencio. La televisión había sido en los últimos años prácticamente un mueble más en mi casa. Su ficción jamás superaba a la mía.

A medida que la pequeña y candente brasa se acercaba al filtro, iba progresivamente entrando en un raro trance del que solo salía cuando sentía demasiado calor cerca de los dedos. En ese momento, la luz volvía a mis pupilas y estrujaba la colilla contra el cenicero con cierto desdén cargado de frustración.

Crease o no, así transcurrieron doce años de mi vida sin cambios. Cada día era iluminado por una nueva brasita y era terminado por el pequeño montículo de colillas hediondas cayendo al cesto de basura. Era mediocre en el trabajo y realmente no llegaba a interesarme. Tenía problemas personales. Tal vez hubiera llegado a ser catalogado de asocial. Perdí una novia porque simplemente me aburrió. No supe que decirle cuando llego ese frío momento en el que algo se rompe entre dos personas. Simplemente di media vuelta y encendí un cigarrillo, a la vez que caminaba escuchando sus sollozos camuflados detrás de mis pasos.

A la distancia puedo decir que estaba atrofiando mi humanidad. Pero, de todas maneras, extraño ese efecto anestésico y prácticamente utópico que poblaba mis días. No sé como explicarlo.

Así, ese año, cuando dejé a Florencia (creo que se llamaba así, aunque creo todavía más convencido que su nombre realmente nunca me importó), hizo un invierno muy frío. Y nevó. Muy fuerte. Me sentí alegre porque cortaron los caminos y me ahorré de ir a trabajar. Fui al kiosco y compré no ya dos atados sino dos cajas. Debía ser precavido. Cerré la puerta y puse la pava a calentar. Los pequeños copos caían copiosos agolpándose en el suelo, en las plantas, en el todo terrenal. Tomé mi mate diario y prendí por primera vez en mucho tiempo la tele. Esperaba escuchar que se habían anegado los caminos. Y eso fue exactamente lo que escuché. Recuerdo haber reído. Hacía demasiado que no lo hacía y me sentí raro y agradecí estar solo para evitar las miradas indeseadas.

Prendí un cigarro y me recliné en mi silla. La pequeña nube azul se expandió por toda la habitación. Me sentía flotar. Cada músculo de mi cuerpo estaba totalmente inconsciente, por decirlo de alguna manera. Las volutas de humo me acariciaban y se enroscaban alrededor de mi cuerpo. Yo las miraba complaciente, como un padre mira juguetear a las hijas que ha engendrado.

Ellas ascendieron y se entrecruzaron, dilatándose y contrayéndose pero siempre hacia arriba. Exhalé una fuerte bocanada y otra nubecita fue a acompañar a su hermana. La ilusión era perfecta. Podía ver en esas columnas móviles todo aquello que quisiera imaginar. Era ahora columnas, ahora dragones, ahora mujeres. Y ahora nada.

Sentí una fuerte quemazón en el dedo y tiré lejos la colilla con una expresión de dolor en el rostro. Me había quemado. Por Dios, juraría que fueron cinco segundos que divagué, no pudo ser que el cigarro se consumiera tan rápido.

Me sentí invadido entonces por el clima. Supuse que alguna corriente de viento debería de estarse filtrando por entre la juntas de la ventana que, en el acto, cerré herméticamente con papeles de diario enrollados. Volví a sentarme, subí el termostato de mi estufa y encendí un cigarrillo.

Ahora estaba seguro de poder relajarme tranquilo. Toqué el fondo del atado ese día y me fui a dormir. Una semana pasó así y la nevada no cedía. Por lo tanto seguía en mi casa sin trabajo. Rogaba que fuera un invierno infinito.

Volví a prender un cigarro luego de mi mate matutino. El humo ascendió como todos los días. Trepidó por las paredes y fue hacia las puertas. Se enroscó en las lámparas y en los picaportes. Se filtró por debajo de las puertas y obturó los interruptores de luz. Caminó por los pasillos y trabó los cerramientos de las ventanas. Escondió las llaves y camufló la comida. La estufa era como un faro rojizo y distante. Fue reptando por todas y cada una de las paredes de la casa ese caminante azulado, posándose en cada mueble y en cada rincón. Parecía un acechador silencioso que buscaba vaya a saber que cosa entre mis cachivaches. Un sentimiento de terror comenzó a poseerme lentamente, cayendo como una gota de sudor helado por todo mi cuerpo. ¿Qué carajo era eso?

Los cuatro rincones de la habitación estaban cubiertos y una cortina gris cerraba la ventana. Maldije mi silenciosa contemplación por haberme quedado quieto. Ya era muy tarde. En algún fuero interno sabía que no había resistencia posible. Debía simplemente quedarme quieto y esperar que pasara a través de mi o que me reconociera como su creador. Eso estaba danzando orgiásticamente en cada rincón de mi casa. No me atrevía a, mejor dicho, no debía contradecir su autoridad recientemente ejercida sobre mi. Poco a poco, las esquinas fueron perdiendo sus bordes rectos y todo parecía comenzar a girar. Tuve la sensación de estar en una esfera gris.

Estaba capturándome. ¿Y que podría hacer al respecto? Simplemente aguardar piedad. Eso hice. Respiré profundo como previendo una futura falta de aire crónica y cerré los ojos. Casi podía sentir su avance, sus lengüetazos contra el piso, avanzando sinuoso. Podía suponer sus garras etéreas deslizándose por mi carne haciendo algún ultraje que llegaría recto a mi alma evitando el obstáculo que le suponía mi carne. Una lágrima cayó de mi ojo izquierdo cerrado al imaginar su facilidad para entrar en mi. Sentí un fuerte zumbido en mis oídos y luego todo se puso tan borroso como el mismísimo humo.

Dijeron que era una fuerte intoxicación por monóxido de carbono emanado por la estufa dentro de un ambiente demasiado cerrado. Que me había provocado alucinaciones y que tenía suerte de estar vivo. Pobres médicos. Ellos no saben nada. Ahora los veo prender sus cigarrillos mientras esperan al costado de sus ambulancias. Un día vendrá a por ustedes. O volverá a por mi. Y ya no habrá escape.







Lord KaNE

10/05/2008

viernes, 9 de mayo de 2008

Monólogo sobre el amor

Mucho se ha hablado sobre este tema así que, siendo sincero conmigo mismo y para con mi trabajo, voy a aseverar que no agregaré nada nuevo más allá de mi opinión (simple y, tal vez, escasa). Hecha esta salvedad puedo dar paso a mi discurso.

En cada conversación en la que salga el tema se puede notar una fuerte constante acerca de la incapacidad de dar una definición unánime del concepto "amor". Esto es: el amor es un axioma del que nadie sabe nada más allá de que tan sólo existe. O, para ser más optimista, del que todo el mundo sabe tanto como puede abarcar de la inmensidad de su totalidad. Pero ¿tan grande es como para que nadie haya logrado abarcar en su máxima expresión?

Su carácter agonístico lo hace variable e inquieto. Es una polarida que anda dando saltos entre las antípodas más diversas que pueden resumirse en las pulsiones de la vida y la muerte, hechas sentimiento en la felicidad y la tristeza (extremando el asunto para lograr la mayor fuerza simplificadora posible).

Puedo entonces dar como primera característica de su fisonomía el hecho de que no tenga fisonomía. Es no más que una fuerza tan imposible de asir como de predecir.

Esta "petit morte" comparte con su siniestra hermana mayor el anonimato y la ignominia de su obra. La forma del umbral es sumamente clara, tan clara como cerrada.

¿Será acaso una "puerta cerrada"? Tiendo a pensar que si. Los rasgos comunes que todos aquellos que han cruzado esta puerta presentan son bastante similares. Hay un fuerte punto de inflexión en el que esta puerta debe necesariamente abrirse frente al cual cada persona debe volver necesariamente a su realidad.

El portal no es el camino. De hecho, una puerta es siempre algo para separar y para detener. Por lo tanto, ya desde este punto hay un aura negativa que rodea al amor en tanto sensación. Así como un portón ornamentado fomenta en nosotros una imagen mental de lo que guarda, el amor forja en nuestro intelecto una realidad supuesta que durara hasta que esta puerta caiga y devele su camino.

Parados frente a esta superficie de oro y gemas no queda otro camino más allá de la idealización. Y esa es la siguiente característica del amor: es un ideal. No existe más allá de nuestra subjetividad, de nuestro fuero interno. Por lo tanto, no es una realidad autónoma. Es más bien un aditamento que se agrega a nuestro imaginario.

Es como un principio religioso, un dogma cualquiera, una fe que voluntariamente adoptamos como propia. Y como tal, posee una carga de adoctrinamiento social.

O sea que es una entidad enteramente subjetiva implantada en la mera individualidad mediante fuerzas coercitivas sociales. La tercera característica es, por supuesto, que es social. Se constituye en tanto herramienta social como método para organizar las relaciones interpersonales y jerarquizarlas para poder ejercer control sobre ellas.

Cerrando este excursus, retomo el punto anterior. La puera ficcional constituye un ideario cuyas dos principales razones son su carencia de conexión con lo material (entendido como material aquello existente y tangible) y su carácter agonísitico (desarrollado, por carecer de corporeidad, en el ámbito que constituye la subjetividad de su individuo "huésped").

Crea una realidad en la que nos desenvolvemos libremente sin tener conciencia de su carácter virtual. Sin embargo, nuestros nexos humanos son para con este mundo y es en este mundo en el que se revelan las consecuencias de nuestros actos. Es en este plano de existencia en donde perviven las relaciones interpersonales que forjamos desde nuestra virtualidad amorosa.

Siendo más breve de lo que el tema amerita puedon pasar al siguiente punto. La caída de la idealización es algo inevitable. La propia fuerza motriz del tiempo hace cambiantes estas variables. Cada paso que la imagen creada retrocede es un paso que la imagen real da hacia adelante, con todas las consecuencias que esto puede conllevar. La naturaleza del vínculo queda visible y las virtudes o defectos son desnudadas. El amor cae y otros nexos han de sostener la estructura creada por él y su imaginario.

¿Qué es, entonces, además de todo lo dicho, el amor? Una oportunidad y un obstáculo, a la vez. Es oportunidad en tanto permite desde su virtualidad crear vínculos entre seres tal vez demasiado diversos como para acercarse de otras maneras. Es obstáculo en tanto saca de nuestro alcance la razón y la capacidad analítica lo que genera un desajuste entre las fuerzas subjetivas y objetivas en constante pugna dentro del individuo. Es obstáculo como lo es cualquier cosa que distorsiona y que engaña. Y en tanto engaño, puede ser traición y otras tantas cosas.

Y he de finalizar mi discurso para no inferir en el mismo juicios de valor extras. Dejo las conclusiones en manos de cada uno. ¡Salud a ustedes que leen mis desvaríos!


Lord KaNE
09/06/2008